Crítica de José Wainer Este espectáculo traduce la aproximación al tango de una joven actriz, cantante y bailarina, que no llega a él con las manos vacías. Ileana López ingresa al género con un bagaje de condiciones vocales, formación disciplinada, experiencia escénica y ahora inesperada vocación, que sin duda la distinguen entre los nuevos y que califican su bienvenida irrupción. Así el programa encarna un soplo de frescura y hasta de candidez –incluso a contrapelo de las letras canallas, en que se regordea como ante la revelación- que contribuyen al transitadísimo mito de la resurrección del género. Frescura y hasta candidez, pero también conciencia de los propios alcances, exigencia en los medios empleados y maduración de los recursos, sin las cuales aquellas no excederían el puro ámbito de las loables intenciones. Ileana emprende su descubrimiento del tango –y en cierto moso el redescubrimiento de sí misma- y el producto parece pródigo en hallazgos y aciertos. Si en el plano de la aptitud la contribución parece incuestionable, también en el de la actitud merece subrayarse. Esta debutante no se conforma con reiterar el repertorio y los modelos interpretativos más socorridos (que amenazan con reducir el género a una capa cada vez más delgada, frágil y monocorde). Pero eso no significa luna negación de las raíces, sobre todo no lo significa. El programa ha supuesto ante todo un esfuerzo de exploración que permitió rescatar algunas perlas sumergidas por largo tiempo en el olvido y a las que la intérprete consigue devolver el hálito de la novedad. Y si toda incursión válida en el tango consiste ante todo en una innovación a sus hacedores (y hacedoras), el canto de Ileana denota una audición suficiente atenta a Tita Merello, Sofía Bozán, Rosita Quiroga y Mercedes Simone (y aún de Raúl Berón, si miramos al otro lado de la medianera) como para que nadie impugne sus orígenes. De esos cruzamientos emana una felicidad expresiva
que el género depara a sus gustadores con poca frecuencia -¿hará
falta que nos lo confesemos?- Desde hace bastante tiempo, Ileana cultiva
un sentido de diversión que arranca de su propia actitud hacia
el repertorio: en su garganta y en su cuerpo pasa a primer plano el
sentido de gran travesura que también ha caracterizado al género.
Hay, sin duda, mucho de distancia, mucho de desapego en esa perspectiva,
mucho de crítica, en fin. Pero esa fue la ley de todas las generaciones
que en el género se sucedieron: una forma del amor fraterno o
filial, que siempre impulso a los más jóvenes a aventurarse
conde sus progenitores no se habían atrevido. Guiada por esas
sombras tutelares la intérprete ha encontrado una apertura: una
entrada a un recinto clausurado, la jugada inicial en su ajedrez, el
momento en que se opera la transmisión sucesoria o rebrotan los
organismos vegetales. Todas estas connotaciones suponen algo de compromiso
y de apuesta, para ella y para el género, dentro del cual (fénix
relativamente frecuente) todo es incierto y todo es posible. |